Existe un país muy lejano, al que, por cierto, Borges fue alguna vez como turista, en el que
existe una escuela filosófica que defiende que la vida no es más que un proceso
de ir olvidando objetos de nuestras vidas. Cada uno que se olvida permite que
demos un paso más hacia la excelencia.
Yo nunca he visitado este país; pero sí leí de él, fue hace
mucho tiempo, en el libro “Lichtstrahlen”, una edición extraña única encontrada
en uno de mis muchos juegos a perderme en librerías de antiguo. Al final lo
perdí. No es más que un recuerdo, no es más que uno más de los muchos objetos
perdidos en mi vida camino a la excelencia.
Aún sigo perdiendo objetos en mis aventuras viajeras.
Seguro que entre los #micros hay muchos que perdieron o
pierden objetos con hábito; quizás un mechero, una pluma, las gafas, un libro o un
plano, una guía o una brújula. Otros, sencillamente, los encontraron. Un objeto
perdido no es más que una tierna contradicción. Quizás alguien encontró alguna
vez una foto o una postal, el cuaderno de dibujo de un loco, una sonrisa.
Así que, en honor a ese país muy lejano al que Borges fue
alguna vez para hacer de turista, hablemos el próximo viernes de los objetos perdidos que nos
llevan a la excelencia.
No negaréis que como consuelo la escuela filosófica funciona
¿No?


